El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Alvaro lanzó un gemido.

—¡Pobre muchacho! —dijo.

Por un momento, obedeciendo a los impulsos de su valor y de su generosidad, tuvo la idea de volver atrás y lanzarse detrás de los fugitivos.

Pero, por fortuna, comprendió que de ninguna manera hubiera conseguido alcanzar a aquellos hombres, que corrían como caballos, y que habría tenido que hacer frente a toda la tribu vencedora. Además, el arcabuz estaba descargado y no tenía tiempo de volver a cargarlo.

Saltó a la canoa, empuñó los remos, y conteniendo las lágrimas se alejó rápidamente de la orilla, saludado por una nube de flechas, algunas de las cuales se clavaron en la popa de la canoa, a pesar de la distancia.

En lugar de dirigirse hacia el centro de la laguna, viró al sur, manteniéndose bastante lejos de la orilla para que no le alcanzasen los tiros de las cerbatanas ni de los arcos, por cierto muy bien dirigidos.

Los salvajes vencidos habían tomado aquella dirección y esperaba encontrarlos más allá de una larga península que avanzaba unos cuantos cientos de metros en la laguna.


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