El hombre de fuego
El hombre de fuego El efecto que produjo fue increÃble: vencedores y vencidos se detuvieron y se dejaron caer al suelo presa de súbito terror, como si hubieran sido heridos por el rayo.
—¡Huye, GarcÃa! ¡A la canoa! —exclamó Alvaro, corriendo desesperadamente hacia la laguna.
Más allá de los árboles resonaban gritos de ¡Caramura! ¡Caramura!
DebÃan de ser los eimuros que seguramente habrÃan reconocido a su pyaie.
Alvaro, que volaba más que corrÃa, creyendo que el grumete iba detrás de él, llegó en menos de cinco minutos a la caleta donde habÃan dejado la canoa.
Volvióse gritando:
—¡Pronto, GarcÃa!
Pero el grumete no estaba allÃ.
En aquel momento se oyó un disparo de arcabuz seguido de un grito:
—¡Señor Alvaro!
Después vio Alvaro un grupo de salvajes pasar por entre los árboles como un huracán, y desaparecer con fantástica rapidez entre la maleza.
Eran los vencidos que huÃan.
—¡Socorro, señor! —oyó otra vez a lo lejos.
Pero los salvajes vencidos se habÃan ya dispersado, y entonces eran los eimuros los que se acercaban a toda carrera, precedidos por su cacique.