El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Aunque no ignoraba que estaba mortalmente herido, se arrojó sobre su adversario, esperando todavía poder deshacerle el cráneo de un mazazo; pero le faltaron las fuerzas.

El curare había producido sus mortíferos efectos con rapidez y violencia, y le había envenenado la sangre.

Escapósele de la mano el arma que empuñaba, y cayó de rodillas. Entonces un terrible golpe del eimuro le tendió muerto, con el cráneo destrozado.

Al ver caer a su cacique y a los eimuros acometerlos con nuevos bríos, ya desanimados y con la mitad de la gente perdida, los guerreros volvieron la espalda y se dirigieron hacia la laguna, precisamente hacia el lugar donde Alvaro y el grumete estaban ocultos.

—¡Maldición! —exclamó Correa, levantándose precipitadamente—. ¡Corramos, García!

Los indios fugitivos, que corrían como gamos, estaban demasiado cerca de nuestros náufragos para que éstos pudieran refugiarse en la espesura de la selva antes de ser descubiertos.

En aquel momento crítico recordó Alvaro que él era el temido hombre de fuego, y disparó su arcabuz contra los salvajes, que ya distaban pocos pasos de él.


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