El hombre de fuego
El hombre de fuego Se cuenta una graciosa anécdota que demuestra la sorpresa que experimentaron los primeros europeos que vieron a un hombre echar humo por la boca.
Vuelto Raleigh a Inglaterra, y hallándose cierto día sentado en su comedor fumando en una pipa que le había regalado un cacique indio, entró un antiguo y fiel criado suyo.
En su vida había visto aquel buen hombre cosa semejante, y atribuyendo el humo que salía de la boca de su amo a algún fuego interno, corrió a la habitación inmediata, y echando mano de un jarro de plata, lleno de agua, lo volcó encima de su amo, gritando: «¡Fuego! ¡Fuego!».
¿Quién hubiera creído entonces que cien años después aquella planta, sólo conocida por los indios de América del Sur, habría efectuado una verdadera revolución en las costumbres de millones y millones de hombres y que de ella se aprovecharían los Gobiernos para aumentar considerablemente los ingresos del Estado con sus famosos monopolios?
Alvaro y Díaz habían acabado ya de comer y estaban fumando el tabaco del indio, cuando oyeron hacia la ribera un ruido como de dos barcas que chocaran entre sí.
Ambos se levantaron y se precipitaron a sus armas.
—¿Será el dueño de la choza que vuelve? —preguntó Alvaro, armando el arcabuz por si acaso.