El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Si prefieres que te asen, no me opongo. Yo, por mi parte, prefiero morir peleando. Se me ocurre que muy bien pudiéramos salvar el pellejo.

¡Ah, sí! ¡Una buena mina debajo del castillo de proa pudiera dar espléndidos resultados!

Midió con la vista la longitud de la carabela.

—¡Diez y ocho varas próximamente! —dijo hablando consigo mismo—. Podrá bastar esa distancia. Lo peor que puede pasarnos es ir a dar en el mar con nuestro cuerpo. ¿Dónde están los barriles?

—En el camarote del piloto; pero ¿qué queréis que haga, señor?

—¿No hay mechas a bordo?

—Una cuerda bien alquitranada puede sustituirla.

—¡Eres listo, rapaz! —dijo el joven sonriendo.

Descendió al entrepuente y se introdujo en el camarote del piloto, especie de covacha abarrotada de cajas, barriles y objetos de todas clases. No le fue difícil descubrir las municiones, que estaban encerradas en cuatro barriles con cerco de hierro, cubiertos de lona todavía húmeda para evitar el peligro de una explosión.

Cargó Alvaro con uno de ellos y lo subió a la cubierta, dirigiéndose acto seguido al castillo de proa, que habían perdonado las olas, a pesar de que el choque contra el escollo que había hecho encallar el barco lo hubiera desguazado.


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