El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Alvaro dirigió hacia aquella parte la vista, y no sin profunda emoción descubrió unas cuantas largas piraguas que desembocaban por uno de los ríos.

Eran cuatro, excavadas en gigantescos troncos. Tenían unos treinta pies de largo y cuatro de ancho, con la proa elevada, figurando toscamente monstruosas cabezas de caimán. Cada una de ellas llevaba diez remeros casi enteramente desnudos.

Por más que las olas batiesen con gran violencia la costa por aquella parte, las piraguas consiguieron entrar en la bahía, y estaban maniobrando con evidente intención de seguir la línea de la costa y acercarse al lugar donde se hallaban los antropófagos.

—¡Querido García —dijo Alvaro—, mal van las cosas para nosotros! Aquellas piraguas les servirán a los salvajes para hacernos una visita. No tienen bastante con los marineros que se han comido, y quieren celebrar otro banquete con nuestras carnes.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Subiremos un par de barriles de pólvora sobre cubierta, y les pondremos dos buenas mechas.

—¿Y volaremos?

—¡Juntos con esos bribones, si no conseguimos rechazarlos!

—¡Ah, señor!


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