El hombre de fuego
El hombre de fuego —¿Qué hay? —preguntó DÃaz, acercándose a él.
—Por aquà han pasado tupys, y corrÃan —contestó el salvaje.
En aquel lugar se veÃan matorrales hollados, helechos arborescentes derribados, bejucos cortados, orquÃdeas pisoteadas, como si un torrente humano hubiera atravesado la selva como un huracán.
DistinguÃanse en el suelo húmedo de la selva muchas huellas de pies desnudos y en el tronco de los árboles flechas clavadas en la corteza.
El indio arrancó una y la miró atentamente.
—Es una flecha de los tupys —dijo.
—¿En qué lo has conocido? —le preguntó DÃaz.
—En que tiene la punta en forma de gancho. Esta otra es de los eimuros —prosiguió, refiriéndose a otra que arrancó después—. Tiene la punta de espina de palma.
—¿Habrán pasado por aquà los tupys vencidos en la orilla de la sabana sumergida?
—Sà —contestó Sapo Hinchado.
De repente levantó la cabeza, husmeando varias veces el ardoroso aire.
—¡Vamos, gran pyaie!
—¿Qué hay de nuevo?
—Muertos allá abajo.