El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¿Habrán sido alcanzados los tupys por los eimuros y muertos todos ellos hasta el último? —preguntó el marinero con angustia—. ¡En tal caso, García habrá muerto también!

Siguió detrás del indio con el corazón oprimido, sin decir nada a Alvaro, y después de andar trescientos o cuatrocientos pasos llegaron al borde de un gran pantano, cuyas orillas estaban cubiertas de árboles.

Un terrible combate debió de haberse librado en aquel lugar.

Varios cientos de cadáveres, ya próximos a corromperse, yacían alrededor del pantano, entre confusos montones de arcos, cerbatanas y mazas.

Había abundantes charcos de sangre coagulada en las depresiones del suelo.

—¡Eimuros! —dijo Sapo Hinchado con una sonrisa de cruel satisfacción—. ¡Los tupinambás están vengados!

—¿Habrán sido vencidos a su vez por los tupys? —preguntó Díaz.

—Sí, y han caído todos o casi todos. ¡Mira la cabeza de su cacique!

En medio de un montón de cadáveres, clavada en una pértiga, se erguía un cabeza humana medio deshecha por un terrible mazazo, con los ojos arrancados y todavía adornada con una corona de plumas tintas en sangre.

Al verla, Alvaro lanzó un grito.


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