El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡El cacique de los eimuros! Le reconozco, a pesar de lo horriblemente desfigurado que está.
—¡Ganga para nosotros! —contestó DÃaz—. ¡A lo mejor no nos molestará más!
El indio, que daba vueltas por el campo de batalla reconociendo los cadáveres como si buscase algo, se bajó de repente y recogió alguna cosa.
—El hijo del gran pyaie blanco ha pasado por aquà —dijo—. Ahora estamos seguros de que está en poder de los tupys.
—¿Qué has encontrado?
—El polvo que truena.
Al decir esto, Sapo Hinchado mostraba una bolsa de piel, de la que habÃa sacado unos granitos que recogió en la palma de la mano.
—¡Aún me acuerdo! —dijo—. El gran pyaie producÃa con esto el relámpago y el trueno.
DÃaz se precipitó sobre él, quitándole la bolsa que llevaba en la mano.
—¿La conocéis? —preguntó, enseñándosela a Alvaro.
—¡La bolsa de municiones de GarcÃa! —exclamó el portugués vivamente emocionado.
—SÃ, la suya —dijo DÃaz.
—¿Creéis que…?
—Que esto es una prueba de que GarcÃa está en poder de los tupys.