El hombre de fuego
El hombre de fuego —¿Vivo?
—No lo dudo.
—¡Ah! ¡Pobre muchacho!
—Le rescataremos, aunque tengamos que poner en movimiento a toda la tribu de los tupinambás para caer sobre sus raptores.
—Señor Correa, esta pólvora puede ser de gran valor para nosotros.
—¡Y no se la dejaremos a estos muertos! —contestó Alvaro—. Mis municiones comienzan a escasear.
—¡Qué me siga el gran pyaie blanco! —dijo en aquel momento Sapo Hinchado—, ahora ya estamos sobre la pista de los guerreros tupys, y la seguiremos hasta la gran aldea donde está prisionero su hijo.