El hombre de fuego
El hombre de fuego —Y que los eimuros nos apresaron.
Alvaro no comprendÃa lo que hablaban el marinero y el indio; pero también estaba seguro de conocer aquella voz, y pensando sobre ello y haciendo esfuerzos de memoria, vino a caer en que era la del muchacho que le habÃa servido de intérprete durante su estancia entre los eimuros.
HabÃa cesado el canto, pero a poca distancia se oÃa el crujido de las hojas secas al ser holladas y el ruido que hace un cuerpo al tropezar con las grandes hojas de los árboles bajos.
El que llegaba a proveerse de agua debÃa de estar muy cerca.
Sapo Hinchado se habÃa plegado sobre sà mismo como un tigre, pronto a saltar sobre su presa.
Apareció un muchacho llevando en la cabeza uno de esos vasos de tierra porosa que usaban los indios para filtrar el agua.
Sapo Hinchado se disponÃa a dispararle con la cerbatana, no para matarle, sino para aturdirle, cuando Alvaro y DÃaz se interpusieron entre ambos.
—¡El intérprete del cacique de los eimuros! —exclamó el primero con admiración.
—¡Japy! —dijo el último.
El joven indio se detuvo sorprendido mirando al uno y al otro, y en seguida se precipitó sobre DÃaz, exclamando: