El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Su sueño sólo fue interrumpido por algún que otro aullido de los guaras que rondaban alrededor de la aldea. No se oyeron jaguares ni pumas, que eran entonces muy abundantes y tan audaces que a veces saltaban por encima de las empalizadas y entraban en los carbets para apoderarse de los chiquillos indios. Apenas despertaron cuando oyeron a lo lejos una voz que cantaba y que iba acercándose cada vez más.

Sapo Hinchado se levantó con la cerbatana en la mano, diciendo al marinero:

—Vienen a buscar agua.

—Y por la voz se conoce que es un muchacho —dijo Díaz, que escuchaba atentamente.

—Y no es un tupy —dijo el indio con el asombro pintado en el semblante—. Esa canción es de los tupinambás: «Tenemos el pájaro por el cuello; y si tú fueses un tucán que hubiera venido a picotear en nuestros campos, habrías levantado el vuelo». Así cantan nuestros guerreros cuando amarran a los prisioneros destinados al suplicio. ¿No lo oyes, gran pyaie blanco?

—Y agregaré que he oído alguna otra vez esa voz —dijo el marinero, que no estaba menos asombrado que el indio—. Sí, es la voz de Japy. ¡No puedo engañarme!

—¿El muchacho que te habíamos encomendado para que le instruyeras en los secretos de los pyaies? —preguntó Sapo Hinchado.


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