El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Vagó unas cuantas horas por la selva, deteniéndose de cuando en cuando para observar el terreno, hasta que llegó a la orilla de una charca de figura casi circular que se hallaba en la parte opuesta de la aldea.

Como estaba rodeada por bosques inmensos de bambúes y espesos matorrales era fácil esconderse.

—¿Será aquí donde se proveen de agua los tupys? —preguntó el marinero.

—Sí —contestó el indio—. Hay muchísimas señales de pisadas humanas en el suelo.

—Pues acampemos aquí y esperemos a que pase la noche —dijo el marinero.

No atreviéndose a encender fuego por temor de ser descubiertos por los tupys, se contentaron para cenar con maraningas, frutas exquisitas semejantes a las uvas, y después se escondieron entre los bambúes, echándose en un lecho de hojas de jupatas que recogió el indio. Tranquilizados por el silencio que reinanaba en la selva y seguros de no correr ningún peligro, no tardaron en dormirse.

Alvaro y el marinero podían confiar enteramente en la agudeza de los sentidos del indio. Aquel hombre, aun dormido, no se dejaría sorprender, y al momento advertiría la vecindad de un enemigo.


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