El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—No.

—Ahí reside el gran cacique de los tupys.

—¿Se te ocurre algún plan?

—Sí.

—Habla, pues.

—Necesitamos un prisionero.

—¿Para preguntarle?

—Y para que nos guíe al carbet de los prisioneros destinados a los banquetes de los guerreros.

—¿Y dónde encontrarle?

—Todas las mañanas, las mujeres y los muchachos de la tribu salen de la aldea para surtirse de agua.

—Busquemos la fuente o la charca que proporciona a los habitantes de la aldea el agua potable. No nos será muy difícil dar con ella.

—Y al primero que llegue le echamos mano.

—El gran pyaie blanco sabe leer en mi pensamiento —dijo Sapo Hinchado.

—Busquemos, pues, el estanque o el manantial y un sitio bueno para emboscarnos.

—¡Seguidme, pyaies blancos!

Guiado por su maravilloso instinto, el indio se internó otra vez en la selva, volviendo la espalda a la aldea de los tupys, y se puso a buscar la fuente o el arroyo, porque los brasileños tienen la costumbre de fundar sus aldeas cerca de alguna laguna o corriente de agua.


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