El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Como hemos dicho, toda aldea, fuera pequeña o grande, estaba circunvalada por una doble estacada en que se exponían las cabezas de los enemigos devorados, de las cuales se habían sacado previamente los sesos y disecándolas después, sumergiéndolas en el aceite vegetal del andiroba, que las ponía en disposición de conservarse por mucho tiempo.

Cada aldea sólo duraba cinco o seis años, o sea el tiempo necesario para explotar los árboles y la tierra circunvecinos. Después se les prendía fuego y los habitantes se trasladaban a otra localidad más abundante en frutas y caza, donde fundaban otra aldea, destinada a sufrir algunos años después la misma suerte.

La aldea descubierta por Sapo Hinchado debía de ser una de las más importantes de la tribu, a juzgar por su vasto recinto y por el gran número de casas que en él se contenían.

—Ahí reside el gran cacique de los tupys —dijo el indio—. Es una verdadera fortaleza que los guerreros de mi tribu no se han atrevido nunca a asaltar.

—¿Y nosotros? —preguntó Díaz.

—Nosotros… ¡Tres hombres pueden pasar por donde no lograrían abrirse paso por la fuerza centenares de guerreros!

—Pero no sabemos dónde tienen encerrado a mi hijo los tupys —dijo el marinero—. ¿Conoces tú la disposición interior de la aldea?


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