El hombre de fuego
El hombre de fuego —No los veo llegar. Deben de estar en persecución de Sapo Hinchado y de DÃaz, con la esperanza de capturarlos.
—Si lo consiguen estamos perdidos, señor, porque ya no podremos contar con la ayuda de los tupinambás.
—El marinero es muy astuto, y habiendo logrado burlar tantos dÃas la persecución de los eimuros, no se dejará apresar por los tupys. Además, va acompañado por Sapo Hinchado, uno de los guerreros más valientes de la tribu.
—¿Cuánto tiempo tardarán en volver? Todo depende de eso.
—Los indios son andarines infatigables —contestó Alvaro.
—Pero tenemos muy pocos vÃveres, señor; no sé si nos alcanzarán siquiera para el almuerzo.
—Guardaremos una parte de ellos para la cena.
—¿Y mañana?
—¡Mañana…, Dios dirá! Baja, y haz una exploración por la despensa.
—¡Ah! ¡Si hubiera sabido lo que iba a pasarnos, habrÃa procurado ahorrar provisiones!
—¡Ya no tiene remedio, pobre GarcÃa! Ahora baja, mientras yo vigilo a esos bribones aspirantes a nuestros solomillos.