El hombre de fuego
El hombre de fuego Era una caña de bambú como de un metro de largo, semejante a un flecha en la forma, que debió de haber sido disparada por uno de aquellos grandes arcos que habÃa visto en las manos de los salvajes. Llevaba amarrada hacia la mitad de su longitud una cuerda muy sutil, que parecÃa hecha de nervios.
La cuerda colgaba fuera del borde del techo. Alvaro trató de tirar de ella, y halló cierta resistencia, como si llevara algún objeto pesado sujeto en el extremo opuesto.
—¿Qué será? —se preguntó—. ¿A qué habrán tirado esta flecha?
Tiró hacia sà de la cuerda con toda su fuerza, y sintió que alguna cosa daba un golpe contra la parte inferior del carbet.
—¿Qué estáis izando? —le preguntó GarcÃa, que le habÃa seguido en su viaje de exploración por la techumbre.
—¡No lo sé!
Alvaro siguió tirando de la cuerda, hasta que una pagara, especie de canasto que usaban los indios para llevar sus provisiones, fue a parar a sus manos.
Lo asió por el asa, y lo trajo hacia sà con la ayuda de GarcÃa.
—¿Qué misterio es ése? ¡Ah, GarcÃa! ¡Tu arcabuz!