El hombre de fuego
El hombre de fuego Aunque la cosa parecÃa inverosÃmil, Alvaro estaba en lo cierto. Aquel pagara, que tenÃa casi dos metros de largo, contenÃa debajo de las hojas que le servÃan de tapa el arcabuz que los tupys habÃan quitado al grumete, y que habÃan entregado al pyaie de la tribu.
Pero aún habÃa más. Aquel misterioso protector de nuestros amigos, no contento con proporcionarles un excelente instrumento de combate, les enviaba también vÃveres para que pudieran prolongar la defensa.
Además de aquella arma preciosÃsima habÃa en el cesto dos docenas de galletas de mandioca, varios tubérculos semejantes a los que habÃan comido por la mañana, un pájaro del tamaño de un pavo, ya asado, y hasta una calabaza llena de un lÃquido fuerte; probablemente casciri.
—Señor, ¿quién puede habernos mandado todas estas cosas, que tan útiles son en este momento para nosotros?
—¿Quién?
—¡Ah, no puede ser otro que aquel valiente muchacho!
—SÃ, GarcÃa —dijo Alvaro—. ¡Japy, el fiel amigo del marinero! ¡Ahora sà que desafÃo a los tupys a que nos apresen! ¡Con dos arcabuces y con vÃveres para una semana, podemos esperar tranquilos la llegada de los tupinambás!