El hombre de fuego
El hombre de fuego Descendieron por ambas vertientes de la techumbre, acercándose a los aleros para dominar mejor la plaza, y esperaron pacientemente a que clarease.
Los tupys debían estar entregados a alguna operación misteriosa.
De cuando en cuando, los sitiados oían ciertos ruidos sordos, como de troncos de árboles que rodasen por el suelo, y también murmullos de conversaciones sostenidas en voz baja.
A veces se distinguían vagamente bultos que atravesaban en silencio la plaza, y que desaparecían detrás de los carbets que la rodeaban.
Alvaro no acertaba a comprender lo que hacían los sitiadores. La oscuridad, y la misma lluvia, que no había cesado de caer en toda la noche, no les permitía distinguir lo que pasaba en el fondo de la plaza.
—¿Tratarán de estrechar el bloqueo? —se préguntaba—. De todas maneras, sabremos resistir hasta que llegue Díaz.
Al fin aclaró y cesó la lluvia.
Sus temores no eran vanos.
Para defenderse de los tiros de los sitiados, los tupys habían rodeado la plaza con gruesos troncos redondeados y sin ramas, que sin gran esfuerzo podían empujar rodando hacia el carbet.