El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡Qué sorpresa para esos salvajes cuando vean que el arcabuz ha desaparecido de la cabaña de su brujo y que ha venido volando hasta nuestras manos! —dijo el grumete.

—Nos granjearemos fama de pyaies insuperables, y no me sorprendería que se comiesen a su pyaie por inútil.

—¡Pobre diablo!

—Pero ¿en qué piensan estos salvajes? Me parece imposible que no aprovechen esta oscuridad para hacer algo. ¡Esta calma no me gusta!

—Sin embargo, señor, no veo ni oigo nada.

—Con todo, no nos conviene dormirnos; al contrario, debemos extremar la vigilancia. ¡Calla! ¿No has oído un ruido sordo? ¡Se diría que han derribado un árbol!

—Habrán cerrado la puerta de algún carbet o del vallado.

—¡Hum! ¡Te digo que los salvajes no se duermen!

—Tenemos dos arcabuces, señor.

—¡Y los haremos trabajar, García! Vigila tú por este lado mientras yo lo hago por este otro. A la primera alarma, dispara, sin esperar a que te lo mande. No tiras mal del todo.


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