El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Ya el humo iba envolviendo a los portugueses, y las llamas seguían cebándose en el borde de la techumbre, esparciendo siniestra luz en torno suyo.

El hombre de fuego, de pie en la techumbre del carbet, seguía disparando, sordo a los ruegos de García, que le aconsejaba abandonar aquel puesto peligroso, completamente al alcance de las flechas incendiarias.

—¡Tomad! —decía con acento iracundo cada vez que descargaba el arcabuz—. ¡Ahí os mando la respuesta de Caramura! ¡Venid a prenderme si os atrevéis!

Tan pronto desaparecía entre los torbellinos de humo que el viento empujaba hacia poniente, como volvía a presentarse a la luz de las llamas, como un dios de la guerra, fulminando rayos contra aquellos centenares y centenares de enemigos. Pero el fuego crecía rápidamente; las vigas comenzaban a desplomarse, y los techos de hojas estaban por todas partes envueltos en llamas; la cubierta amenazaba derrumbarse sepultando consigo a los defensores.

—¡En retirada, García! —exclamó de repente Alvaro, que al fin comprendió él peligro en que se encontraban.

Dirigióse a la claraboya entre torbellinos de humo y se deslizó hasta el interior del carbet.

También comenzaban a arder las paredes, y un calor insoportable, semejante al de un horno, reinaba en el interior de la barraca.


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