El hombre de fuego
El hombre de fuego Un estupor imposible de describir se apoderó de aquellos ingenuos y feroces hijos de las selvas vÃrgenes americanas.
Mudos de terror, miraban a la carabela sin atreverse a tocar los remos. ¿Qué bestia podÃa ser aquélla que vomitaba fuego y que a tan gran distancia mataba y mutilaba a los hombres?
A pesar de todo, no duró mucho el asombro de aquellos salvajes, habituados a la guerra continua entre unas y otras tribus. La codicia venció al miedo, y empujadas vigorosamente por los remos, las piraguas se acercaron rápidamente a la carabela.
Ya habÃan visto a los dos náufragos, y esperaban vencerlos fácilmente, y comérselos pronto.
—¡Señor Alvaro —dijo el mozo—, siguen avanzando! ¡El ruido de los disparos no basta para contenerlos, ni tampoco las balas!
—La mina está lista, y los hará saltar por el aire. ¡Espera a que lleguen debajo de la proa!
—¿Y nosotros?
—Nos refugiaremos en el entrepuente. La explosión no hará grandes estragos. ¿Has cargado ya el arcabuz?
—¡SÃ, señor!
—¡Apunta a la segunda piragua; yo me encargo de la primera!