El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Resonaron otros dos disparos a muy poca distancia uno de otro, y dos salvajes cayeron: uno muerto y el otro herido.

Una horrible gritería respondió a aquella segunda descarga. Después una voz tonante se elevó sobre todas las otras, exclamando varias veces:

—¡Caramura! ¡Caramura!

¿Era una maldición lanzada contra los poseedores del fuego celeste, o significaba alguna otra cosa? Alvaro no tuvo tiempo de buscar la explicación de la palabra.

Las cuatro piraguas lograron llegar a la proa de la carabela merced a un último esfuerzo de los remeros. El abordaje era por allí más fácil que por la popa, por ser menor la altura de la borda.

Correa echó mano de un pedazo de cuerda embreada que había encendido antes de que comenzase el combate, y ardía lentamente sobre la borda.

—¡Al entrepuente, García! —exclamó.

—¡No, señor! —respondió el muchacho con voz resuelta—. ¡Aprovecharé este otro disparo de mi arcabuz, ya que lo tengo cargado!

—¡Gracias! —respondió Alvaro, empuñando uno de los dos espadones.


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