El hombre de fuego
El hombre de fuego Mientras los indios, seguros de apoderarse fácilmente de la nave, trataban de penetrar en ella subiendo por las cuerdas del bauprés, el portugués atravesó la toldilla, cubriéndose con el castillo de proa.
De un tajo cortó parte de la cuerda que servía de mecha, prendió fuego al pedazo que iba a pasar a la caja, y en seguida escapó a toda carrera.
En aquel momento el primer salvaje lograba subir, encaramándose por la roda. Ya estaba a punto deponer el pie en el castillo, cuando el mozo le derribó de un disparo de arcabuz, haciéndole caer sobre los compañeros que inmediatamente le seguían.
—¡Bravo, García! —exclamó Alvaro, subiendo precipitadamente al alcázar—. ¡Pronto al entrepuente, que la mina va a reventar!
Los brasileños, que comenzaban a flaquear, no por las pérdidas que hubiesen experimentado, sino por el miedo que les causaban aquellos estampidos cuya causa no se explicaban, se habían refugiado en las canoas, no atreviéndose a seguir encaramándose por las cuerdas.
Seguían gritando con acento de terror:
¡Cararnura! ¡Caramura!
De repente una formidable detonación sofocó sus clamores.