El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Había estallado la mina, lanzado por el aire cajas, barriles, trozos de maderas, rollos de cuerda y mil otros objetos, y desarticulando toda la proa de la carabela.

Tan fuerte fue la sacudida, que Alvaro y el mozo fueron derribados en el suelo uno sobre otro, y todos los objetos que se hallaban suspendidos en las paredes cayeron con gran estrépito. Hasta las puertas de la cámara fueron arrancadas y echadas por el suelo.

—¡Pardiez, qué cañonazo! —exclamó Alvaro, levantándose y tentándose todo el cuerpo—. ¡Si llego a poner en la caja medio barril de pólvora, salimos danzando por el aire! Y tú, muchacho, ¿te has hecho daño?

—He sufrido un pequeño golpe en la nariz.

—¡Salgamos afuera!

Empuñaron los espadones y los arcabuces y subieron a la cubierta. Una espesa humareda se cernía aún sobre la destrozada proa, y grandes llamaradas salían de debajo del castillo. Las cuerdas embreadas, la ropa de los marineros y otras materias combustibles hacinadas en la proa habían sido incendiadas por la explosión.

—¡Diablo! —exclamó Alvaro, frunciendo el ceño—. ¡No había previsto ese peligro!

Se encaramó sobre la borda, agarrándose alas cuerdas que sujetaban todavía el trozo subsistente del palo mayor, y echó una ojeada hacia la proa.


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