El hombre de fuego
El hombre de fuego La derrota de los indios habÃa sido completa; de las cuatro piraguas una habÃa zozobrado, y las otras tres se alejaban a toda prisa hacia tierra.
—¡Buen golpe, a fe mÃa! —dijo el bravo joven, riendo.
—¡Esos malditos antropófagos no volverán a atacarnos!
Dirigió la vista hacia el arrecife en que estaba encallada la carabela. Cadáveres horriblemente mutilados flotaban acá y allá, mezclados con pedazos de remos y de bancos.
—¿Se han marchado, señor Alvaro? —preguntó el mozo.
—Van hacia la costa con la rapidez del viento —respondió Correa—. ¡JurarÃa que no les queda una gota de sangre en las venas!
—¡Qué arrancada llevan! —exclamó el muchacho, que a su vez se habÃa subido sobre la borda—. ¡Deben haber pasado un miedo espantoso!
—Varios de ellos han muerto.
—Y se los están comiendo los tiburones, señor. ¡Oh! ¡Qué feroces animales! ¡Mirad cuántos hay! ¡Qué dientes tienen! ¡De una sola dentellada parten a un hombre por la mitad del cuerpo!