El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Correa miró hacia la proa, y se estremeció. Siete u ocho escualos monstruosos, de esos que tienen la cabeza de figura de martillo, se agitaban cerca del arrecife enseñando su enorme boca semicircular armada de formidables dientes.

Volvíanse sobre el dorso, pues de otra maneras no pueden apoderarse de su presa, a causa de la disposición de su boca, que se abre debajo de las dos cabezas del martillo, y después, de una dentellada que hacía helar la sangre en las venas partían en dos los cadáveres y desaparecían, llevándose la mitad más suculenta, dejando tras sí una extensa mancha de sangre.

—¡Oh, qué horribles peces! —exclamó Correa—. Si la explosión nos hubiera lanzado al mar, ¡buen fin nos esperaba!

Una nube de humo negro y pestilente impregnado del olor del alquitrán les hizo comprender que a la sazón el peligro no estaba en los tiburones.

—¡Pardiez! —exclamó—. Nos habíamos olvidado de que la proa dé la carabela está ardiendo. No podemos considerarnos fuera de peligro aunque los salvajes se hayan marchado. Tenemos que marcharnos también nosotros, y sin perder tiempo.

—Es cierto, señor; pero ¿y los tiburones?


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