El hombre de fuego
El hombre de fuego —En este momento están demasiado entretenidos para acordarse de nosotros. Además, tenemos armas, y si tratasen de atacarnos en nuestra almadÃa, sabrÃamos defendernos.
Dirigió una última mirada a la costa. Las tres piraguas habÃan embocado uno de los rÃos que desaguan en la bahÃa, y en aquel momento desaparecÃan tras la masa de verdura de sus orillas.
—Embarquémonos, GarcÃa —dijo—. Trae un barril de pólvora y plomo. ¿No nos quedan más vÃveres?
—La despensa está debajo del agua; ya os lo dije.
—Pues iremos a la costa en busca del almuerzo. Estoy viendo muchos pájaros que revolotean sobre los árboles, y no somos malos tiradores.
Trepó hasta la cofa del palo mayor, llevando consigo una cuerda, que pasó por una de las poleas; después amarró un cabo a una de las esquinas de la almadÃa y envolvió el otro en el cabrestante de popa, que el mozo ya habÃa provisto de sus manivelas.
TenÃan que darse prisa, porque las llamas, encontrando fácil pasto en el maderamen embreado de la carabela, cada vez iban adquiriendo más fuerza.
Largas lenguas de fuego salÃan del castillo de proa, y espesas nubes de humo envolvÃan toda la nave.