El hombre de fuego

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Correa y el mozo se agarraron a las palancas del cabrestante, y empleando todas sus fuerzas, lo pusieron en movimiento. Como la almadía era pequeña y no muy pesada, no les fue difícil izarla y empujarla fuera de la borda.

Por otra parte, el estado del mar favorecía la maniobra, que hubiera sido dificilísima con un fuerte oleaje.

El Atlántico se había calmado, y sólo de cuando en cuando alguna ola de poca altura entraba por la boca de la bahía e iba a deshacerse en los islotes y arrecifes de que estaba sembrada.

Apenas hubo llegado al agua la almadía se enderezó y quedó flotando y dando vaivenes y; golpes contra el costado de la nave.

Convencidos de que flotaba perfectamente, Correa y el mozo trasladaron a ella los dos barriles en que guardaban las municiones, alguna ropa de la que habían encontrado en el camarote del piloto, los espadones y los arcabuces, y en seguida cortaron las cuerdas y se separaron de la nave.

—¿Adónde nos dirigimos, señor? —preguntó el mozo, empuñando los remos.

Correa estuvo un momento explorándola línea de la costa, y señalando después hacia un río de los varios que desaguaban en la anchurosa bahía, dijo:


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