El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Camaradas! —dijo el viejo marinero con voz conmovida—, preparaos a comparecer ante Dios ¡La carabela ya no gobierna, y las velas están destrozadas!
—¿Se ha roto también el timón? —preguntó un joven alto y fornido, de perfil fino y señoril continente, cuyo aspecto hacÃa vivo contraste con las toscas figuras y bronceadas facciones de los marineros.
—¡SÃ, señor Alvaro; una ola acaba de llevárselo!
—¿Y no puede sustituirse?
—¿Con este mar? ¡No, señor; serÃa trabajo perdido!
—¿Y cómo podemos ya estar enfrente de una costa?
—No lo sé. La tempestad viene empujándonos constantemente hacia el Sur desde hace tres dÃas.
—¿No podrÃais por lo menos decirme qué tierra es esa en cuyas cercanÃas nos hallamos?
—Supongo que el Brasil.
El joven hizo un gesto harto significativo.
—No era esa la tierra a que me dirigÃa —dijo con bastante mal humor—. El Brasil no es Puerto Rico, ni San Salvador, ni Darien, señor piloto. Yo querÃa llegar al golfo de Méjico, y no aquÃ. No quiero tratar con estos salvajes, que tienen la mala costumbre de asar y comerse a los hombres de raza blanca.
