El hombre de fuego
El hombre de fuego —Temo, señor Alvaro Correa, que no volvamos a ver a los que nos esperaban.
—¡Bah! ¡TodavÃa no hemos naufragado ni nos han comido! A lo menos procurad que la carabela no se destroce del todo.
—Haremos lo que se pueda; aunque, a la verdad, con pocas esperanzas.
El viejo piloto tenÃa razón en desconfiar de la salvación de la pequeña nave.
Una mar espantosa se presentaba a la vista de los desgraciados, que desde hacÃa tres dÃas parecÃan condenados a una muerte inevitable.
Montañas de agua se levantaban unas tras otras con rugidos ensordecedores, y amenazaban tragarse la nave, que parecÃa incapaz de resistir a sus terribles embates.
No se crea, por otra parte, que la nave fuese de poco tamaño; todo lo contrario.
En 1535, fecha en que ocurrÃan los verÃdicos hechos que estamos narrando, todas las naves mercantes, exceptuando los galeones, eran pequeñÃsimas.
El enorme tonelaje de los barcos modernos era completamente desconocido. El barco de trescientas toneladas era ya tenido por grande, y con los de ciento no se titubeaba en emprender larguÃsimos viajes hasta América y las Indias Orientales.
