El hombre de fuego
El hombre de fuego Eran acalabas, quizá los árboles más hermosos y útiles de la América del Sur; tan estimados por las tribus indÃgenas, que sostenÃan encarnizadÃsimas guerras, en las cuales morÃan centenares de hombres, para disputarse la posesión de los terrenos en que crecÃan.
Alvaro, que no los conocÃa, pues nunca habÃa estado en el Brasil hasta entonces, se quedó perplejo, dudando si tales frutas eran comestibles o sà contendrÃan algún veneno activo o jugo peligroso.
—PodrÃamos probar, GarcÃa —dijo finalmente—. Son tan preciosas a la vista esas frutas, que harÃan caer en tentación hasta a personas menos hambrientas que nosotros. ¿Puedes trepar?
—Para un muchacho como yo, la cosa no es muy difÃcil —respondió GarcÃa.
Ya iba a agarrarse a los bejucos que envolvÃan el tronco de uno de aquellos árboles, cuando se vio acometido por un fuerte ataque de risa.
—¡Ah, señor Alvaro! —exclamó—. ¡Qué rarÃsimos son! ¡Y qué flacos!
—¿Quiénes? —preguntó el portugués.
—¡Mirad allá arriba, entre el follaje! Esas frutas deben de ser exquisitas, según la avidez con que las devoran.
Alvaro se acercó al pie del árbol y miró hacia el follaje, que, efectivamente, era espesÃsimo.