El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡Buen paraíso, cuyos habitantes de dos pies son más feroces que los leones que viven en las selvas y en los desiertos de Asia y de África!

—Sin embargo, señor Alvaro, no podéis negar que esta selva es soberbia.

—Verdaderamente espléndida; pero lo que no veo es el almuerzo.

—Tenemos ahí los pájaros a centenares.

—Que me alegraría mucho trasladar a las parrillas si el miedo de llamar la atención de los salvajes no me contuviese.

—¡Ah, señor Alvaro!

—¿Qué has descubierto?

—¡Mirad aquellos árboles gigantescos cargados de frutas! ¿No podríamos probarlas?

Alvaro levantó los ojos y vió a corta distancia del lugar en que habían desembarcado varios árboles enormes y frondosísimos, cuyas frutas eran semejantes a peras, de figura algo alargada y de colores vivísimos.

Los troncos de aquellos árboles estaban literalmente cubiertos de gruesas gotas transparentes que parecían formadas de agua congelada, y exhalaban penetrante aroma.


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