El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Era una indescriptible maraña de mirtos de corteza brillantísima, cocos más altos y más espléndidos que los de las Islas Orientales, arboles cuyas frutas parecían balas de cañón por su tamaño, flores con cálices enormes y anchísimos pétalos de los más variados colores, acacias y palmas de toda especie.

Aves espléndidas de colores vivísimos y variados revoloteaban entre los árboles sin mostrar temor alguno por la presencia de aquellas dos personas.

Eran soberbios canindes, semejantes a las cacatúas australianas, grandes como papagayos, con la cola azul turquí brillante y plumas amarillas en el pecho; impongas blanquísimos, cuyo canto, semejante al tañido de una campana, se oye al alba, al medio día y a la puesta del sol a tres millas de distancia de la selva virgen; araes, de color rosado, que lanzan con fastidiosa insistencia su eterno grito de ¡ara! ¡ara! aracaros, tamaños como mirlos, de pico cartilaginoso y tan grueso como todo el cuerpo, que lanzan gritos estridentes, semejantes al chirrido de ruedas mal engrasadas.

—¿Qué me dices de todo esto, García? —preguntó Alvaro mirando con estupor todos aquellos volátiles, que hacían brillar a los rayos del sol los variados matices de sus plumas.

—Que debemos de haber desembarcado en el Paraíso terrenal —respondió el mozo.


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