El hombre de fuego
El hombre de fuego —Pues desembarquemos, y vayamos en busca del almuerzo.
Cargaron con los dos barriles, que no pesaban más de veinte libras cada uno, recocieron la ropa y las armas, y sin dificultad atravesaron el banco de arena.
El bosque que se extendÃa en torno de la bahÃa acababa en la misma arena, de modo que algunas plantas bañaban sus raÃces en el agua del mar.
Era aquel bosque el último extremo de la inmensa selva que todavÃa hoy cubre gran parte del interior del Brasil, a pesar de los continuos esfuerzos de los emigrantes y de los indÃgenas, y que aún se presenta con todos los caracteres de su estado primitivo, pues los árboles, los arbustos y los bejucos, lianas y plantas parásitas de toda especie, entrelazándose y multiplicando sus raÃces, que muchas veces salen hasta de las mismas ramas, formando una intrincadÃsima e inaccesible espesura.
Ante los asombrados ojos de Correa y del muchacho se ostentaban abundantÃsimas, hasta donde alcanzaba la vista, plantas variadas y soberbias con el tronco envuelto en lianas que después de ascender hasta su copa caÃan en festones formando redes tan espesas en algunos parajes, que se hacÃa imposible el tránsito, no sólo a los hombres, sino también a los animales.