El hombre de fuego
El hombre de fuego Era la carabela que reventaba. Las llamas habían llegado al camarote del piloto, donde estaban los barriles de pólvora, y la explosión había deshecho literalmente el pobre casco.
Aquel estallido había sido más eficaz que los tajos y mandobles de Alvaro y del mozo.
Aterrados los tiburones se zambulleron de pronto, y probablemente se refugiaron en las cuevas submarinas que de ordinario sirven de asilo a esos peligrosos habitantes de las ensenadas americanas.
Durante algunos minutos se extendió sobre la bahía una nube blanquecina que la obscureció por completo. Cuando se disipó, Correa y el mozo pudieron ver entre los escollos los restos humeantes y destrozados de la carabela.
—¡Pobre velero! —exclamó el portugués con cierta emoción—. ¡A qué desgraciado fin estabas condenado!
Una sacudida que por poco le arroja al agua le hizo volverse.
—¿Todavía los tiburones? —preguntó.
—No, señor —contestó García—; hemos tocado en un banco de arena, y la ribera no dista de aquí ni cincuenta pasos. La ola producida por la explosión nos ha empujado mejor que una vela con buen viento.
—¿Hay mucha agua?
—Apenas un pie.