El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Tan atrozmente mutilado, el tiburón lanzó un resoplido que sonó como un lejano trueno, y se sumergió de pronto, dejando en la superficie del agua una extensa mancha de sangre y el trozo de cabeza cercenado por el golpe, en el cual estaba uno de los ojos, que parecía lanzar todavía una mirada terrible.

—¡Creo que ese bribón tiene bastante! —dijo el portugués.

—¡Y también este otro! —añadió el mozo, que, animado por el feliz éxito de su compañero, y viendo a otro tiburón pasar a su alcance, le hendió la cabeza de una cuchillada con sorprendente destreza.

Por desgracia, lograron lo contrario de lo que se proponían, porque los otros tiburones, en vez de asustarse, excitarlos quizá por la vista de la sangre, se enfurecieron hasta el delirio.

Acometían por todas partes a la almadía, dándole empujones y coletazos que tan pronto la inclinaban a un lado como a otro, y que muy bien podían destruir las barricas que llevaban en los ángulos, comprometiendo su estabilidad.

Aquella lucha amenazaba acabar trágicamente, a pesar de las cuchilladas que los náufragos daban a los tiburones, cuando de pronto estalló un ruido espantoso y una altísima oleada se echó encima de los combatientes, empujando a la almadía hacia la costa.


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