El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Empuñó su espadón, y con valor temerario se asomó al costado de estribor de la almadía, tirando varias cuchilladas que dieron en el vacío. Aquellos malditos escualos, astutos como peces, en cuanto notaban el ademán ofensivo se sumergían rápidamente y reaparecían poco después por el otro lado de la almadía.

Uno de ellos, más impaciente o más hambriento que los otros y seguro de su fuerza, pues tenía seis o siete metros de largo y una boca tan enorme que García hubiera cabido cómodamente sentado dentro de ella, se lanzó contra la almadía y le dio tan fuerte coletazo, que la hizo inclinarse más de un pie a estribor.

El encontronazo fue tan súbito e inesperado, que a Correa le faltó poco para caer entre las abiertas mandíbulas que le esperaban, y que se hubieran cerrado en cuanto hubiese caído en ellas.

—¡Diablo! —exclamó el portugués, recobrando al momento su admirable serenidad—. ¡La cosa va poniéndose seria! ¡Si todos se nos echan encima de golpe, nos harán pedazos!

Viendo al monstruo voraz volver al asalto, empuñó con ambas manos el espadón y le dio tan violenta cuchillada, que le cercenó en redondo una de las dos cabezas del martillo.


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