El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡No son menos peligrosos que los indios! —dijo el joven portugués—. Con todo, no es cosa fácil para ellos subir a la almadÃa, porque, por fortuna, la Naturaleza no los ha dotado de garras. ¿Qué bocas? ¿No te causan escalofrÃos, rapazuelo?
—¡Me hacen perder la cabeza, señor! —contestó el mozo.
—¡Echa mano a uno de los espadones y da un pinchazo al que se acerque!
—Mejor serÃa tirarles con los arcabuces.
—¡Disparos! ¡No, GarcÃa; no llamemos la atención de los indios! Muy bien puede ser que estén en aquel bosque.
Los tiburones daban vueltas en torno de la almadÃa a cierta distancia de ella, mostrando ora su robusto dorso, ora su cola, en la cual tienen tanta fuerza, que con un solo golpe pueden hacer zozobrar una canoa de mediano tamaño.
De cuando en cuando alguno de ellos se zambullÃa con gran estrépito y los dos náufragos sentÃan rozar su piel rugosa con el fondo de la almadÃa.
—Parece que quieren levantarla —dijo Correa, que estaba más tranquilo de lo que las circunstancias aconsejaban—; pero creo que no tienen fuerza para tanto. Además de la almadÃa tendrÃan que levantarnos a nosotros, que pesamos algo.