El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Sólo se sentía el rumor de las olas al deshacerse en los islotes y arrecifes.

Meciéndose sobre las olas, la almadía se había alejado ya unos cien metros de la carabela, que seguía ardiendo, cuando la aparición de algunos objetos sobre la superficie del agua a babor y a estribor de la almadía arracaron un grito de terror al mozo.

—¡Señor Correa!

—¿Los indios? —preguntó Alvaro, que no había advertido todavía la presencia de otros enemigos no menos formidables que los comedores de carne humana de las selvas brasileñas.

—¡No; los tiburones, señor!

—¡Parece que en este maldito país todo conspira para devorarnos! ¡La cosa va siendo un poco pesada!

—¡Nos tienen sitiados, señor!

Alvaro recogió el remo y echó una mirada en torno suyo. El mozo no había exagerado el peligro.

Siete u ocho peces de cabeza de martillo enseñaban su horrible cabeza a pocos pasos de la almadía, abriendo y cerrando las mandíbulas con crujidos poco tranquilizadores.

Los ojos, de color azul obscuro, que tienen en los dos extremos del martillo, los clavaban obstinadamente en los náufragos como si quisieran fascinarlos.


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