El hombre de fuego
El hombre de fuego —Se imaginarán que son pisadas de algún animal extraordinario, ¡ay! ¡Miran hacia acá, y están compulsando los arcos! ¡Señor, huyamos! —dijo el muchacho.
—Podemos derribarlos de una descarga.
—¿Y el ruido? PodrÃa atraer a otros salvajes.
—¡Y esos hombres no deben de estar solos!
—¡Pues alejémonos! —dijo Alvaro.
El matorral en que estaban ocultos les permitÃa alejarse sin ser vistos.
Echáronse a cuestas los dos barriles, sujetándoselos a la espalda con cuerdas, y con grandes precauciones para no llamar la atención se internaron en la selva.
HabrÃan andado unos veinte pasos, cuando detrás de ellos sintieron ruido de ramas, y poco después un ligero silbido. Una larguÃsima flecha se habÃa clavado cerca de ellos, en el tronco de un árbol y a la altura de un hombre.
Alvaro se volvió súbitamente con el arcabuz preparado, decidido a vender cara su vida haciendo fuego, sucediera después lo que sucediese.
Los dos indios aparecieron súbitamente entre el ramaje del matorral que acababan de abandonar los náufragos, llevando en la mano izquierda el larguÃsimo arco armado, y en la derecha la flecha, ya apoyada en la cuerda.