El hombre de fuego
El hombre de fuego Al descubrir a los hombres blancos, que seguramente era la primera vez que veÃan, profirieron una exclamación de asombro.
Sin duda, se preguntaban si aquellos seres eran hombres o animales de una especie desconocida.
Ni siquiera se atrevÃan a tender los arcos, apuntando tan pronto hacia arriba como hacia abajo, cual si dudasen acerca del lugar del cuerpo adonde debÃan dirigir sus tiros.
De pronto, bien porque se apoderase de ellos un terror supersticioso, bien porque se sintieran amedrentados por el brillo de los cañones de los arcabuces, volvieron la espalda y echaron a correr con tal rapidez, que hasta a un caballo le hubiera costado trabajo seguirlos.
—Ya iba a disparar —dijo Alvaro—. ¡Mejor es que se hayan marchado!
—¡Huyamos, señor! —dijo GarcÃa—. ¡Pueden volver en mayor número!
—¡Tienes razón, GarcÃa! ¡Refugiémonos a todo escape en la selva!
Volvieron la espalda a la playa y echaron a correr internándose en la selva, que iba haciéndose cada vez más intrincada y, espesa.