El León de Damasco
El León de Damasco —Te acompañaré. Ya sabes cómo odio a los turcos desde que diezmaron a mis compatriotas y destruyeron gran número de nuestros pueblos y villas.
—Ya estoy enterada, pero mañana saldré solamente con el señor.
El albano se alejó, y la duquesa se aproximó al lugar donde se encontraba su esposo, el cual contemplaba desde una almena los disparos de las culebrinas de sitiados y sitiadores.
—¿Estás resuelto, Muley?
—Sí, Leonor, ya estoy seguro de que la que nos desafía no puede ser otra que Haradja. ¡Ah, tigresa! ¡Si cayese bajo uno de tus mandobles!…
—Caerá, tenlo por seguro. Pero marchémonos. Los proyectiles ya llegan hasta este sitio y será mejor que nos retiremos a nuestra tienda.
Y, efectivamente, empezaba a ser arriesgado continuar en lo alto de las torres y bastiones, ya que la artillería turca, que contaba con una fuerza de más de ochocientas bocas de fuego, entre bombardas y culebrinas, aparte los cañones de la flota, arrojaba sin interrupción proyectiles para defender a los hombres que tenían por misión practicar trincheras.