El León de Damasco
El León de Damasco Empleaban, en especial manera, bolas de piedra y eran estas bolas imponentes, que pesaban como mínimo una arroba y que lanzaban con cañones especiales. Su objetivo primordial era hacer la vida inhabitable en la ciudad para candiotas y venecianos y lo lograban, ya que aquellas inmensas piedras, al abatirse sobre la población, aunque solamente fuera por la potencia de su propio peso, hundían techos y aplastaban a numerosos moradores. Aquel sistema no les valía para los bastiones y torres, que estaban edificados con mucha mayor solidez, y por ello habían determinado volarlas con las minas.
La duquesa y su esposo descendieron la escalera interior de la torre y alcanzaron una estancia iluminada por dos camas de campaña, sacos que acaso contenían provisiones, diversos odres con agua y armas de toda índole. Era el refugio que los capitanes venecianos habían ofrecido a los esposos, aunque menos cómodo, más seguro que el que podría haberles ofrecido cualquier morada de la ciudad. Acababan de entrar allí cuando se presentó el albano.
—Señora, un turco desea hablar contigo.
—¡Un turco! ¿Y cómo ha podido entrar sin perder la vida en Candía?
—No lo sé.
—¿Lleva armas? —inquirió el León, cogiendo al instante una pistola colgada en la pared y encendiendo la mecha.