El León de Damasco
El León de Damasco —Me parece que no.
—Regístrale detenidamente y déjale entrar.
Una voz, que causó impresión en los oídos de los dos esposos, pudo escucharse en la escalera, y un instante más tarde un hombre de unos cuarenta años, de piel muy bronceada, con una gran barba negra y vestido a la usanza de los marineros de las galeras mahometanas, penetró exclamando:
—Al parecer, me habéis olvidado. Pues yo no he dejado de acordarme en estos cuatro años del hijo del bajá de Damasco ni del capitán Tormenta o, para mayor exactitud, de Hamid Leonor.
La duquesa lanzó una exclamación de asombro.
—¡Cómo! ¡Nikola Stradiato! ¡El griego renegado!
—El mismo. El que hace algo más de cuatro años, y por mandato del León de Damasco, estaba al frente de la galeota que había de conducirte, y te llevó al castillo de Hussif, donde pude conocer a la sobrina del Gran Almirante.
—Me acuerdo bien, Nikola —respondió la duquesa, mientras se acercaba a él, en tanto que su esposo apagaba la mecha y colgaba la pistola—. ¿De dónde sales?