El León de Damasco
El León de Damasco —Del campamento turco o, mejor dicho, de la galera almirante de AlÃ, desde la que debo, muy a mi pesar, luchar contra los cristianos y aparentar ser mahometano, a pesar de que conservo en mi pecho la fe en la cruz.
—¿Y cómo con esas ropas de musulmán te fue posible entrar en CandÃa? —adujo el León de Damasco.
—Gracias a la ayuda de un oficial veneciano que conocà tiempo atrás y a quien tuve la satisfacción de salvar en una situación muy apurada… Pero a lo que Ãbamos… ¿Tuviste noticias de Haradja, señora?
—No, ni la menor noticia.
—Pues la tigresa se halla aquà de huésped de su tÃo en la galera almirante.
Los esposos lanzaron al unÃsono una misma exclamación.
—¡Es ella!
—Pero más cruel e inexorable que nunca. ¡Ten cuidado, señora! Ha jurado matarte y apresar al León de Damasco para probar en su garganta el cordón de seda que le remitió el sultán. ¿Recuerdas?
—Igual que si fuese ayer —murmuró la duquesa, mirando con dulzura a su esposo, que se habÃa tornado pálido.
—TodavÃa hay más —agregó el griego.
—ExplÃcate, Nikola. El renegado vacilaba.
—Habla —ordenó el León.