El León de Damasco

El León de Damasco

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—En fin: debo comunicaros noticias que os van a resultar muy desagradables. En especial, a vos. Vuestro padre, en ruta hacia Constantinopla, ha sido capturado por una galera de Haradja y otras del bajá y en la actualidad está cautivo en los subterráneos de Hussif.

—¡Mi padre!… ¡Has dicho mi padre!… ¿Acaso has vendido tu alma a los turcos y te mandan a destrozar la mía, que es fiel a Cristo como si fuese cristiana desde mi nacimiento?

—Señor, luzco ropas turcas con el fin de salvar mi vida, amenazada de continuo. Pero ni creo en Mahoma ni puedo apreciar a mis verdugos y a los que asesinaron a mi esposa y a mis tres hijos. Con estas ropas puedo ser de mayor utilidad a los cristianos.

Al recordar sus infortunios, un sollozo brotó del robusto pecho del griego. El duque puso una mano en su hombro y le dijo, en tono afectuoso:

—¡Discúlpame! El dolor me ha hecho ser injusto. Pero ¿estás completamente seguro?

—Se lo oí contar a la propia Haradja la noche en que llegó a la galera, en tanto que cenaba en el castillo de popa con su tío. Tres camaradas y yo estábamos de centinelas, dos delante de cada escalera.

—¡Mi padre! ¡Mi padre en el castillo de Hussif! ¡Cautivo!… ¡Ah! ¡Maldita mujer!

—Pues aún he de comunicaros otra noticia, y no sé…


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