El León de Damasco

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Por último se vio llegar por las avanzadillas mahometanas al mensajero agitando su blanca bandera, y detrás de él a los dos campeones. Haradja montaba su corcel árabe; Metiub, un fuerte caballo turco. El de la sobrina del bajá era magnífico, con largas y ondulantes crines, cola que alcanzaba casi la tierra y suave pelo de color pardo oscuro. Los dos guerreros iban pertrechados con todas sus armas y llevaban bajadas las viseras. Los tres se acercaron al reducto de los Alberoni, tras el cual existía una amplia explanada muy adecuada para un lance como el que se avecinaba. El heraldo clavó en tierra su lanza con la bandera y se volvió atrás, dejando a solas a los campeones.

—¿La ves, Leonor? —inquirió, algo excitado, Muley.

—No puede tratarse más que de ella —respondió la duquesa.

—Vamos, amada mía.

Estrecharon las manos al capitán general y a sus amigos y alcanzaron el puente levadizo, que ya había sido bajado y estaba vigilado por una compañía de esclavones. Subieron sobre sus dos fogosos caballos negros que sostenía de las riendas Mico y que se hallaban cubiertos con sus arneses de acero con incrustaciones de plata.

—¡Ea! —exclamó la duquesa, montando sobre el suyo—. Vamos a comprobar de qué color tiene la sangre Haradja.


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