El León de Damasco
El León de Damasco LA TRAICIÓN
La duquesa y su esposo, acompañados por las miradas de millares de hombres, ya que también los turcos, anhelosos por contemplar el combate y aprovechando la tregua habían abandonado sus trincheras y paralelas, constituyendo un enorme y curioso semicírculo, encamináronse rápidamente en dirección al reducto, detrás del cual esperaban sus contrincantes.
El sol, que acababa de surgir por oriente, hacía brillar las armaduras de los campeones, en especial la de Haradja, que portaba en la coraza una galera con las velas desplegadas, incrustadas en oro.
Al llegar a diez pasos de su rival, la duquesa detuvo su caballo, levantó la visera y dijo:
—Descúbrete, para ver si eres realmente mujer.
—No lo dudes —contestó la sobrina del bajá—. Mi cuerpo, si bien cubierto de acero, no es menos esbelto ni elegante que el tuyo.
—Deseo saber contra quién combato. De aquí a poco puede morir cualquiera de nosotros, y todos tenemos derecho de contemplar bien el semblante del adversario al caer.
—¿Por qué razón lo preguntas, si ya conoces quién soy?
—Igual tú sabes que soy la que en Famagusta denominaban, por su valor, capitán Tormenta.
