El León de Damasco
El León de Damasco Haradja vaciló, pero, por último, descubrió su cara, roja de ira.
—¡La castellana de Hussif! Me lo imaginaba. ¿Y qué desea la poderosa castellana, al cabo de cuatro años, del capitán que, con ropas de albano, hacÃase llamar Hamid Leonor?
La sobrina del bajá rechinó los dientes y palideció. No podÃa perdonarse el haberse enamorado, si bien por breves dÃas, de una mujer, imaginando que era un apuesto guerrero.
—¿Qué deseo? Vengarme de tu cruel burla.
—¿Matándome?
—Eso es.
—¿Y crees poder hacerlo?
—Tengo la certeza de conseguirlo.
—¡Tú! ¿Tú? No vales más que para raptar niños. ¿Qué has hecho con el mÃo, miserable? ¿Qué has hecho de mi Enzo, que dejamos su padre y yo en Venecia, al cuidado de los leales servidores?
—Ya ves que no eran tan leales cuando los mÃos pudieron raptarle y le pasearon por el Adriático sin que nadie los molestase.
—¿Qué has hecho con mi hijo?
—Por el momento, nada. Pero será guerrero por guerrero. Puesto que el León de Damasco ha renegado de sus creencias y lucha contra su patria, su hijo le reemplazará en la religión y en el ejército musulmanes.